Era el primer domingo posterior al anexamiento* [sic] de Juan, mi padre, hace unos nueve o diez años atrás. Mi madre y yo fuimos de compras, una especie de celebración por nuestra libertad irónicamente obtenida tras un encierro. Probablemente quiso agasajarme con regalos para no extrañarlo, tal vez buscaba reforzar la idea de que su ausencia era algo beneficioso. Mas sus intenciones de la naturaleza que hayan sido no son el punto a discutir del presente escrito.
Aquél día compré un perfume, su nombre es Remember ME. Tras una inspiradora historia de amor ilustremente fabricada por los artistas de la mercadotecnia y mecánicamente contada por la entusiasta vendedora lo llevé conmigo. Un suave aroma a violetas si mal no recuerdo.
Aún después de los regalos, paz hogareña y noches dedicadas exclusivamente a dormir, algo me inquietaba. Una sensación de vacío se había instalado en mi estómago, de vez en vez me sentía intranquila por decir lo poco. En pocas palabras, algo no estaba bien.
Un domingo semanas, tal vez meses después de la feliz adquisición de mi ya inseparable fragancia, mi madre decidió que era tiempo de visitar a Juan en su nicho de contención recuperación. Accedí como la autómata en la que me había convertido, mas no sabía qué esperar. ¿Enloquecería? ¿Se negaría a vernos? ¿Nos insultaría? ¿Rogaría por que lo llevemos a casa? Me resolví a no pensar.
Tras una serie de vueltas e indicaciones de aledaños anónimos llegamos al anexo en alguna colonia a las afueras de la ciudad, de la cual jamás había ni he vuelto a oír nombrar. Accedimos por una modesta puerta de aluminio, si no fuera por un viejo anuncio que rezaba la razón del lugar habría pasado como una casa cualquiera. Justo al llegar al patio: una gran plancha de cemento sin un sólo vestigio de vida más que una que otra hierba sin nombre que se colaba entre los cimientos, Juan corrió a nuestro encuentro. Sonriente, vivaz y lleno de dicha me abrazó como nunca lo había hecho, besó mi mejilla y dijo: "Qué bueno que estás aquí, hueles muy rico mijita [sic]".
En cuestión de millonésimas de segundos toda la zozobra que llevaba cargando desapareció. Me embargó una calidez que jamás había conocido, un éxtasis, qué digo, ¡Un nirvana! mayor a cualquier droga en el mercado. De esos momentos que la infrecuencia exacerba su belleza. De esos momentos por los que vale vivir.
¡Gracias Lenin! Que una de tus virtudes es y siempre ha sido recordarme lo rico que es vivir, aún cuando no hayas tenido intención ni conciencia de haberlo hecho. Ya me tocaba una de cal por tantas -y vaya que han sido varias- de arena caray.
*Anexo: especie de híbrido entre un centro de rehabilitación y una cárcel.
Me gusta el ritmo de la crónica, los paréntesis en la narración, la forma en que hilás el perfume, la película y tus recuerdos.
ResponderEliminarEstaré por aquí
efa
Efa, un levanton a la moral que no cae nada mal en estos tiempos de incertidumbre. Gracias por leerme, saludos.
ResponderEliminarAP, gracias por la inivitacion. Me dare una vuelta por tu blog en cuanto pueda.
PD. La ausencia de acentos no es casual, solo que aun no descubro como tipearlos a traves de un celular...
q bueno q te haya hecho bien mi comment, fue sincero. Y gracias x pasar a ver Matinée.
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