lunes, 4 de octubre de 2010

Los viernes sí hay luz



Por fin había llegado. Después de una hora de viaje se encontraba frente a su destino: una quimera, dimensión paralela que al cruzar el umbral te convierte en alguien más, que a veces hasta el nombre cambia. Ardid que anuncia ser "Restaurant Bar" donde el platillo del día no pasa por el tracto digestivo.

"Recuerda: sonríe, hazlos sentir importantes. No aceptes alcohol, toma lo más rápido que puedas. No mezcles este mundo con la vida real. Aquí eres quien ellos quieren que seas. No te comprometas"

Se repitió a sí misma a modo de mantra. "Sólo no te vayas a enamorar" por último pero menos importante resonó en su cabeza la voz de América quien desde ése día sería su guía y protectora. Corrió a su encuentro y la presentó con su primer encomienda: Luis, un hombre ya entrado en copas que claramente concurría la tasca cada vez que lograba escapar del trabajo.

-Tu nombre no me gusta, está muy largo. De ahora en adelante te llamaré Luz. Así por más ebrio me encuentre podré llamarte. ¿Por qué no dices nada? ¿Estás aburrida?

"¿Querrá bailar? ¿Qué tan rápido debo tomar? Ya se acabó mi copa ¿Pediré otra o espero a que él lo haga? Rayos, creo que conozco aquél hombre de la esquina. Creo que sí pediré una cerveza, no puedo manejar esto sobria"

Un sencillo "Hola" interrumpió las divagaciones de la recién bautizada Luz. De esas escasas -en este caso única- palabras que lo dicen todo con casi nada. Era la mujer de su cliente. Después de una despedida incómoda, una promesa de regreso y reproches ininteligibles la pareja abandonó el lugar. La noche apenas comenzaba: viajó de una mesa a otra, de un extremo de la barra a otra, paradas continuas a los decadentes sanitarios, miradas lascivas, temerosas, envidiosas y hasta empáticas. Fue invitada por infinidad de tipos de hombre: el que nostálgicamente recordaba sus aventuras amorosas, el que no sabía hacer otra cosa más que apuntar lo atractiva que le parecía, el que no sabía nada que decir, el que buscaba ser aconsejado, el que gustaba de sentirse atractivo una vez más. Jóvenes y viejos. Primerizos y doctorados en la materia. Directos y redundantes. El que busca nuevas experiencias y el que busca olvidar. Todos distintos. Todos buscando un contacto, alguien con quien perderse a sí mismo aunque sea unas horas. Que sea sincero o fingido no venía al caso.

Comenzaba a ser entretenido, hasta gratificante ver lo simple que puede llegar a ser un hombre. Pero alguien tuvo que señalar el elefante en la habitación, la tácita verdad en todos los presentes: ¿Qué haces aquí? Era obvio que por dinero ¿Qué otra razón podría tener? ¿Acaso disfrutaba hacerlo? No. ¿Es que ya sus otras opciones se le habían agotado? Tampoco. ¿O es que sólo buscaba escapar? Tal y como ellos hacían, liberarse de lo que reconocemos como "yo" dándose una oportunidad de reinventar su realidad, reencontrarse a uno mismo, descubrir la verdad, la esencia en contraste con la algarabía de falsedades. Sin siquiera darse cuenta que usan a manera de máscara el verdadero sentido que guardan ellos mismos, se develan los más profundos deseos bajo la lucidez que proporciona la noche, lugar de gatos pardos donde se pierde el miedo a ser descubierto, mostrarse vulnerable ante este mundo regido por una ley de la selva diplomatizada.

Pero como de costumbre desde tiempos inmemorables, el sol saldrá. El temeroso hombre se ocultará nuevamente tras su propia sombra, regresará al cajón de la vida diaria, al sistema que hace de todo menos lo que su naturaleza le dicta.

1 comentario:

  1. Lugar de gatos pardos donde se pierde el miedo a ser descubierto.
    Creo q esa oración guarda el espíritu del texto
    Salud
    efa

    ResponderEliminar