jueves, 17 de junio de 2010

La intención no siempre es lo que cuenta

"La muerte es un buen precio por una rosa roja-replicó el ruiseñor-, y
todo el mundo ama a la vida"
Oscar Wilde, El ruiseñor y la rosa

¡Cuán bella muerte del ruiseñor! Entregando su sangre, entera voluntad y último canto a una causa que amó y dedicó toda su vida, una causa en la que creyó en todo momento, que inspiró cada una de sus notas, el palpitar de su corazón y que relega la razón.

Empujado por la pasión, su pasión, murió feliz. Feliz en función de la ciega esperanza de haber gestado amor puro en un mundo que vive por y para el utilitarismo; la ignorancia es una bendición. Tal como la hija del profesor no somos capaces de ver más allá del hecho que se nos presenta, no buscamos qué está detrás, qué ha tenido que ser sacrificado para que sea posible. No somos capaces de reconocer la verdadera belleza y virtud del mundo que nos rodea... hoy sólo vivimos a través de utilidad y pragmatismo, pros y contras, caprichos y necedades, pérdidas y ganancias, necesidades impuestas y potenciales desperdiciados.

¿Dónde hemos dejado la pasión? Disminuida a un instinto por domesticar y, ¿Qué somos más que animales revalorizados? Atrapados en un mundo de compra-venta sin realmente saber de qué se trata. Robando, traicionando, usurando e incluso matando por un bien que nos brinda un supuesto estatus y con ello la ilusión de seguridad.

Hoy ya no se cree en Jehová, ni en Alá, ni en Quetzalcóatl, ni en Shivá, ni en Zeus. La única deidad a la que veneramos y entregamos nuestras vidas es al capital, ese bien que se ha vuelto más indispensable que el pan y el agua, que la plenitud y el honor.

¿A dónde iremos a parar? Por más antropólogos, economistas, geólogos, astrónomos e incluso videntes no hay manera de predecir nuestro porvenir porque a veces, tal vez pocas pero no nulas, se hace presente una variable que usualmente no es considerada: la voluntad, la virtud que nos da la calidad de humanos, el deseo innato de ir más allá de lo establecido, de arrojarnos de lleno a aquello que alguna vez nos hizo soñar. Y a pesar de que el esfuerzo haya sido en vano como el arrebato del ruiseñor, por mas duro que nos llegue a golpear la realidad, podremos decir que morimos felices, felices en nuestra inocencia, ya que, ¿Qué es la realidad si no una ilusión?

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